Sevilla acogió la elegante boda de María Eugenia González Serna y Juan Molina Ponce en la parroquia de Santa Cruz, con la presencia de rostros conocidos como Francisco Rivera, su hija Tana y Lourdes Montes.

Sevilla brilló con la magia de una boda excepcional el pasado sábado.
María Eugenia González Serna y Juan Molina Ponce, dos almas enamoradas, se juraron amor eterno en la emblemática parroquia de Santa Cruz, un lugar que, con su arquitectura histórica y su ambiente encantador, se convirtió en el escenario perfecto para esta celebración tan esperada.
La ceremonia, que atrajo a numerosos rostros conocidos de la sociedad andaluza, fue testigo de un día lleno de emoción y belleza.
Entre los asistentes se encontraban Francisco Rivera, su hija Tana y Lourdes Montes, quienes no pudieron contener su felicidad al ver a la pareja unirse en matrimonio.
“Hoy es un día para celebrar el amor”, comentó Francisco, visiblemente emocionado, mientras su hija Tana añadía: “No hay nada más hermoso que ver a dos personas que se aman tanto dar este paso”.
:format(jpg)/f.elconfidencial.com%2Foriginal%2F701%2F72b%2F415%2F70172b415794bc3092ba010b6a19019a.jpg)
La novia, nieta de la recordada duquesa de Alba, deslumbró a todos con un vestido nupcial diseñado por el renombrado Manolo Giraldo, amigo cercano de la familia.
El vestido, de manga larga y escote barco en un blanco puro, se ajustaba perfectamente a su figura y culminaba en una falda que desplegaba una impresionante cola.
María Eugenia, velada hasta el altar, emanaba una aura etérea que evocaba épocas pasadas.
“Me siento como una princesa”, exclamó con una sonrisa radiante, mientras sus familiares la admiraban con lágrimas de alegría en los ojos.
Los detalles del look nupcial de María Eugenia fueron igualmente conmovedores.
Llevaba dos pulseras adornadas con un broche perteneciente a su abuela, que formaban una tiara única, y unos pendientes heredados de su madre, Magdalena Lirola, los mismos que ella llevó en su propia boda.
Un ramo de flores blancas completaba el conjunto, simbolizando la pureza y la inocencia que caracterizan a la joven pareja.

Juan Molina Ponce, futbolista del Club Atlético Central, esperaba impaciente a su amada junto a la madrina.
“No puedo esperar a verla”, confesó, revelando su nerviosismo ante la inminente llegada de María Eugenia.
Tras la emotiva ceremonia religiosa, la pareja salió del templo entre vítores y aplausos, bajo una lluvia de pétalos blancos que anunciaban la felicidad que los rodeaba.
“Este es solo el comienzo de nuestra historia”, dijo Juan, mientras se fundía en un romántico beso con su esposa, sellando así este momento mágico con un gesto que quedó grabado en la memoria de todos los presentes.
Magdalena González Serna, hermana de Eugenia, también brilló en la boda.
Ella, quien se casó el año pasado por estas fechas, lucía orgullosa su embarazo y no podía estar más feliz por su hermana.
“Verla tan feliz me llena de alegría”, comentó Magdalena, mientras ambas posaban sonrientes junto a su madre, compartiendo un día inolvidable.
La memoria del padre de Eugenia, Rafael González Serna, autor de más de 400 canciones, incluyendo el himno del centenario del Betis, estuvo presente en cada detalle.
Su ausencia, tras fallecer en febrero de 2019, fue honrada con cariño y respeto.
“Siempre estará con nosotros en espíritu”, reflexionó María Eugenia, con una mirada de amor hacia el cielo.

El convite se celebró en la Hacienda de La Soledad la Nueva, una emblemática finca del siglo XVI, considerada una de las primeras construcciones rurales del barroco sevillano.
Este majestuoso espacio, con capacidad para albergar hasta 10,000 personas, ofrece rincones interiores y exteriores de gran belleza, como el salón El Lagar o la Huerta de los Naranjos.
La Hacienda ha sido escenario de bodas populares, consolidándose como un lugar mágico para celebrar el amor.
“Es un sitio de ensueño, perfecto para un día tan especial”, comentó uno de los invitados, mientras disfrutaba de la exquisita cena que se sirvió.
La celebración continuó con música, bailes y risas, creando un ambiente festivo que reflejaba la alegría de la ocasión.
“Estamos aquí para celebrar la vida y el amor”, dijo una de las amigas de la novia, levantando su copa en un brindis.
A medida que la noche avanzaba, los recuerdos de este día quedarán grabados en el corazón de todos los que tuvieron el privilegio de ser testigos de esta unión.
La boda de María Eugenia y Juan no solo fue un evento social, sino una celebración de la familia, el amor y la vida.
Con cada sonrisa, cada lágrima de felicidad y cada abrazo, se tejió una historia que perdurará en el tiempo, recordando a todos que el amor verdadero siempre encuentra su camino.
:format(jpg)/f.elconfidencial.com%2Foriginal%2F1c8%2F60a%2Fcd7%2F1c860acd770c84473cafa1535eee06ed.jpg)