Arturo Pérez-Reverte reflexiona sobre la convivencia entre generaciones y cómo adaptarse a los cambios sin perder la esencia personal

Arturo Pérez-Reverte (74 años) se sienta frente al micrófono de The Wild Project y, con su característico tono reflexivo, empieza a desmenuzar un tema que atraviesa generaciones: la adaptación a los tiempos modernos sin perder la esencia personal.
“Yo fui educado en comportamientos que hoy en día no funcionan. El sombrero, el decir adiós, buenos días, pase usted primero… son los míos y no puedo evitarlos”, confiesa, esbozando una sonrisa que mezcla nostalgia y resignación.
Durante la entrevista con Jordi Wild, el escritor habló sobre la convivencia de varias generaciones y la importancia de la curiosidad como herramienta de comprensión.
“Que los más mayores entiendan a los jóvenes y se adapten a las novedades, y que las nuevas generaciones aprendan y comprendan a los mayores… eso debería ser enriquecedor. No siempre se consigue”, reflexiona Pérez-Reverte, dejando ver su postura abierta y consciente.
Jordi Wild interviene señalando la actitud del autor: “Eres un caso contrario a lo que dices. Una persona metida en lo nuevo, interesándote por lo nuevo, formas parte del mundo moderno. Pero con esa alma del mundo clásico”.
El murciano admite que, aunque mantiene sus gestos y modales de otra época, comprende que la sociedad ha cambiado radicalmente:
“Hay cosas que no puedo cambiar. Yo nací en 1951, mis abuelos en el siglo XIX, fui educado para un mundo que ya no existe. Voy a intentar en lo que puedo adaptarme al mundo presente para no ser un marciano”.
Para él, la clave está en la curiosidad y la disposición a entender: mirar el presente sin abandonar los valores personales.

Esa reflexión se acompaña de una vivencia personal que ilustra la distancia generacional.
Pérez-Reverte recuerda: “Un día iba caminando por la alfombra mecánica de la estación del AVE en Madrid y un tipo pasa y me aparta. Me vuelvo y digo, ‘¿por qué me empuja?’. Y el tipo me dice ‘porque quiero pasar’. Me di cuenta de que su educación, su formación, su mundo excluye ciertas cosas que están en el mío. No me enfadé, lo dejé pasar”.
El autor reconoce que lo que le entristeció fue la falta de interés por comprender: “Lo triste es que se fue sin comprender. Eso es lo malo, que a veces la gente del mundo actual no hace el esfuerzo de aprender cosas útiles, buenas y que ayudan a convivir”.
Más allá de la anécdota, Pérez-Reverte reflexiona sobre su manera de adaptarse al mundo moderno sin renunciar a su esencia.
Explica que su interés por lo contemporáneo le permite mantenerse conectado con su público: “Lo moderno me interesa porque yo sigo vivo. Soy escritor y escribo para un público que está vivo ahora, me leen jóvenes y mayores, me interesa y tengo curiosidad por el mundo”.
Esa actitud de apertura, asegura, no significa mimetizarse con todo lo nuevo, sino aprovechar lo que puede aportar y aceptar sus limitaciones:
“Que no me exijan que me mimetice con el mundo actual. Que me dejen ser lo que soy, que aprovechen lo que yo pueda conocer, y lo utilicen en su beneficio. Saber tus limitaciones, lo que puedes dar o lo que ya no vale para nada”.
El escritor confiesa que prefiere entornos que le conecten con la esencia de la vida cotidiana lejos de la superficialidad urbana:
“Me siento más a gusto en un cafetín moruno de Tánger o bebiéndome un vaso de vino con aceitunas bajo una parra griega, que en la Gran Vía de Madrid”.
Esa preferencia por la sencillez y el contacto humano forma parte de su filosofía de vida y de su manera de enfrentar los cambios.

Pérez-Reverte también pone en valor los gestos clásicos que hoy parecen desfasados, pero que para él siguen siendo esenciales: el saludo cortés, el respeto en la interacción cotidiana y la deferencia hacia los demás.
“No puedo evitarlo. Son los míos”, reitera, recordando que mantenerlos es un acto de coherencia personal más que un intento de imponer antiguas normas.
Finalmente, el escritor concluye con una reflexión sobre la evolución social:
“Los mundos cambian, los valores se modifican, la gente se aburre de ciertas cosas… El mundo cambia y ya está, eso no es ninguna tragedia. Para mí no es una tragedia, miro con curiosidad. La diferencia, cuando eso pasa, es que miro al que me ha empujado e intento saber por qué lo hizo. Intento comprender. La actitud más enriquecedora es la curiosidad, mirar queriendo comprender”.
En un diálogo que mezcla la memoria, la experiencia y la observación crítica, Arturo Pérez-Reverte deja claro que adaptarse al presente no implica renunciar a uno mismo.
Su mensaje es inequívoco: conocer, entender y enseñar se convierten en herramientas para convivir mejor, mientras que la curiosidad y el respeto por lo aprendido siguen siendo su brújula en un mundo que avanza a ritmo vertiginoso.
