La noticia se difundió rápidamente y despertó una ola de admiración cuando se supo que Enrique Iglesias había donado una suma significativa de dinero a Candelaria Rivas Ramos, una corredora indígena rarámuri cuya historia trascendió el deporte para convertirse en símbolo de resiliencia humana.

Candelaria, de 38 años, pertenece al pueblo rarámuri, una comunidad reconocida por su profunda conexión con la tierra y su legendaria capacidad para correr largas distancias, no como deporte, sino como parte esencial de su cultura y supervivencia cotidiana.
Su nombre se hizo conocido a nivel internacional tras ganar el Canyon Ultra Marathon 2025, celebrado en la Sierra Tarahumara, un entorno montañoso extremo donde el terreno escarpado y las condiciones climáticas ponen a prueba incluso a los atletas mejor preparados.
La carrera, con una distancia total de 63 kilómetros, exige resistencia física y mental extraordinaria. Candelaria completó el recorrido en 7 horas y 34 minutos, superando a corredores profesionales que contaban con equipamiento avanzado y preparación especializada.
Sin embargo, lo que más impactó al mundo no fue únicamente su tiempo de llegada, sino el camino previo que recorrió para estar en la línea de salida. Para competir, caminó durante 14 horas desde su comunidad hasta el punto de partida.
Ese trayecto previo, invisible para muchos, reflejó una realidad cotidiana para ella. No hubo transporte especial, ni patrocinadores, ni comodidades. Solo su determinación, su cuerpo y la convicción de que debía intentarlo, pese a todas las limitaciones.
Candelaria corrió sin entrenamiento profesional formal. No seguía planes de alto rendimiento ni contaba con entrenadores. Su preparación era la vida misma: caminar montañas, trabajar la tierra y desplazarse largas distancias como parte de su rutina diaria.
En lugar de zapatillas técnicas, utilizó huaraches tradicionales, sandalias sencillas que forman parte de la identidad rarámuri. Con ellas enfrentó piedras, pendientes pronunciadas, calor, cansancio y dolor físico, demostrando una fortaleza fuera de lo común.
A lo largo del recorrido, muchos espectadores quedaron asombrados al verla avanzar con paso constante, sin gestos de desesperación, mientras otros competidores se detenían exhaustos o abandonaban la prueba ante la dureza del trayecto.
Cuando cruzó la meta en primer lugar, el silencio inicial dio paso a la incredulidad y luego a una ovación espontánea. Nadie esperaba que una corredora sin respaldo profesional derrotara a atletas experimentados en una prueba tan exigente.
La victoria de Candelaria se interpretó rápidamente como un triunfo contra todo pronóstico. Más allá del resultado deportivo, su historia puso en evidencia las profundas desigualdades que aún existen en el acceso a oportunidades dentro del deporte de alto nivel.
Fue en ese contexto que Enrique Iglesias decidió actuar. Al conocer su historia, el cantante entendió que no se trataba solo de una hazaña atlética, sino de un ejemplo poderoso de dignidad, esfuerzo y resistencia frente a la adversidad.
La donación realizada por Iglesias tuvo como objetivo apoyar directamente a Candelaria y a su comunidad, reconociendo que su logro no es individual, sino colectivo, nacido de una cultura que ha resistido históricamente la marginación y el olvido.
Para el artista, amplificar esta historia significaba utilizar su plataforma global para visibilizar realidades que suelen permanecer ocultas, demostrando que el talento y la grandeza pueden surgir en los lugares más humildes y menos escuchados.
El gesto de Iglesias fue recibido con gratitud y emoción, tanto por la corredora como por quienes ven en ella una representación de miles de personas que luchan diariamente sin reconocimiento ni recursos, pero con una fuerza interior inquebrantable.
En redes sociales, la historia se volvió viral. Usuarios de todo el mundo compartieron imágenes y relatos de la hazaña, destacando la humildad de Candelaria y cuestionando los estándares tradicionales con los que se mide el éxito deportivo.
Muchos señalaron que su triunfo obligaba a replantear la idea de progreso, recordando que la tecnología y el dinero no siempre superan la conexión profunda entre cuerpo, mente y entorno natural.
Expertos en deporte y antropología coincidieron en que el caso de Candelaria representa una lección invaluable sobre la resistencia humana, demostrando que la preparación no siempre se mide en gimnasios, sino en experiencias de vida.
La Sierra Tarahumara, escenario de su victoria, adquirió también un nuevo significado simbólico, convirtiéndose en testigo de una historia que une tradición, sacrificio y esperanza frente a un mundo cada vez más competitivo y desigual.
Para las comunidades indígenas, este reconocimiento internacional significó una reivindicación cultural, una oportunidad para que sus voces sean escuchadas y respetadas más allá de los estereotipos y la invisibilización histórica.
Candelaria, fiel a su esencia, evitó protagonismos excesivos. Agradeció el apoyo recibido y reafirmó que su mayor deseo es seguir corriendo, no por fama, sino porque correr forma parte de su identidad y su manera de existir.
La acción de Enrique Iglesias demostró que el impacto de una figura pública puede ir más allá del entretenimiento, convirtiéndose en un puente entre mundos distintos, unidos por una historia auténtica de superación.
Así, la victoria de Candelaria Rivas Ramos dejó de ser solo un resultado deportivo para transformarse en un mensaje universal: la resiliencia humana, cuando se combina con solidaridad, puede inspirar al mundo entero.